HISTORIA COMPLETA DE IRÁN

 

 

9-LA CONQUISTA DE PERSIA EN LA ÉPOCA DE LOS CALIFAS ORTODOXOS

10-OMEYAS Y ABBASÍES

11-TAHERÍES 820-872

12-SAFFARÍES 874-900

13-SAMANÍES 874-999

14-ALAVÍES DE GILÁN Y DEYLAM

15-ALAVÍES DE TABARISTÁN. LOS ZEYDÍES (864-928)

 

 

 

 

9-LA CONQUISTA DE PERSIA EN LA ÉPOCA DE LOS CALIFAS ORTODOXOS

Después de la emigración del profeta Mahoma de Medina a la Meca en el 622, que es tomada como inicio del calendario por los musulmanes, la mayor parte de las tribus de la Península Arábiga se habían ya convertido a la nueva fe. Bajo la bandera del Islam, decidieron conjuntamente convertir a los países vecinos. Para ello enviaron primero varias misivas a los reyes de la época. Una de estas fue enviada por el propio profeta al rey persa Josrov Parviz. Se cuenta que este rey se enfureció y rompió la carta. Cabe aquí señalar que las pretensiones de Mahoma no iban más allá de invitar a la conversión al Islam y no de apoderarse de ningún territorio.

En el año 11 de la hégira (632) organizó un ejército para dirigirlo a Siria, pero su muerte retrasó este plan de forma temporal. El suegro del profeta Mahoma, Abu Bakr, que había llegado a califa el mismo día de su muerte, decidió proseguir con este plan de conquistar Siria. No obstante, ocurrió que tras la muerte de Mahoma algunas tribus árabes decidieron renunciar al Islam, y, por ende, dejaron de pagar el azaque y los impuestos islámicos; esta apostasía es conocida en la historia del Islam como la “ridda”.

Abu Bakr sometió a estas tribus, y en una batalla crucial, dirigida por el general Jalid b. Walid, pudo vencer a los seguidores de Musaylama al-Kazzab (Musaylama el Mentiroso). Una vez Abu Bakr se hubo librado de estas revueltas, decidió atacar a las grandes superpotencias de la época: Persia y Bizancio. Las huestes musulmanas derrotaron a las bizantinas. En lo que se refiere a Persia, la primera persona que animó al califa a invadir el imperio sasánida fue Muthni b. Haritha Sheybani. Este personaje no dejaba de atacar con su tribu las posesiones que los persas tenían en Irak, saqueando y despojando a los campesinos. Lo que le animó a atacar a los persas fue la derrota que les infligió a los soldados enviados por Josrov Parviz para aplastarlos. La batalla de Zuqar fue fruto de las malas gestiones políticas del rey persa y de su orgullo, cuyas consecuencias fueron además las constantes guerras contra Bizancio y las consiguientes destrucciones de ciudades, las guerras inútiles que mantenía contra el general Bahram Chubin y su tío Bastam, desembocando todo ello en el descontento de todas las clases sociales, incluida la influyente aristocracia. Finalmente, Josrov Parviz fue asesinado en prisión y en su asesinato estaba implicado su propio hijo Siroes.

Tras la muerte de Josrov Parviz, la aristocracia y la nobleza persa siguió con su habitual política de envidias e intrigas, y por ello estaban continuamente recelando unos de otros, a veces ni siquiera pudieron ponerse de acuerdo en cuanto a la elección del monarca, de tal manera, que en unos años hubo varios reyes entronizados y desentronizados, en el que se incluyen varias reinas. Finalmente, cuando vieron que el Islam se había convertido en una verdadera amenaza, se pusieron de acuerdo en elegir a un rey, Yazdegerd III, hijo de Shahriar. Pero ya era tarde y además tampoco el nuevo monarca tenía el talento ni la capacidad para resolver los problemas acuciantes del imperio. Mientras tanto, Muthni b. Haritha Sheybani gobernaba con su tribu de los Banu Sheyban algunos de los territorios adyacentes de Persia que les había quitado a éstos. Muthni estaba al tanto de las intrigas que sacudían la corte persa y de los desórdenes sociales del país y sacaba partido de ello saqueando constantemente las ciudades y aldeas del Irán marginal.

Una vez Abu Bakr hubo llegado a califa, Muthni le convenció de que debería atacar el corazón del imperio sasánida. Presentó a los persas ante el suegro de Mahoma como un pueblo cobarde y ruin, lo que animó al anciano califa a tomar la ofensiva ante un pueblo al que en un principio temía. Fue entonces cuando dio órdenes a su general Jalid b. Walid para que conquistara todos los territorios persas de Irak. Envió igualmente a Muthni para que estuviese a las órdenes del general. El general árabe conquistó primero las regiones que se encuentran junto al estuario de Shatt al-Arab y a la ciudad de Basora. Fue cuando se produjo la batalla de Zat al-Salasil donde fue derrotado el ejército persa.

Ardeshir III, que había sucedido a su padre Siroes en el trono, envió contra Jalid un ejército compuesto de persas y árabes cristianos súbditos del imperio a las órdenes de los generales Andarzgu y Bahman Jaduyeh. Pero fueron también derrotados (633). Durante el mismo año, Jalid b. Walid conquistó el reino árabe lajmí de Hira, vasallo de los Sasánidas. Los musulmanes, cuando se enfrentaban al enemigo, les daban las siguientes opciones: o la conversión al Islam, someterse a tributo o la guerra. Así, por ejemplo, cuando fue conquistada Hira, el general árabe firmó la paz con ella tras recibir un pago de 190 ó 290.000 dinares. Los terratenientes de Sawad, en Irak, estaban pendientes de lo que ocurriría con Hira y cuando vieron que había sido conquistada, pidieron la paz con los árabes pagando dos millones de dinares. Los persas ya habían perdido las posesiones que tenían entre Hira y el Tigris, y cuando murió Ardeshir III ya nada podían hacer.

La política que seguía Jalid cuando conquistaba una ciudad persa de Irak era exhortar a los árabes cristianos a que espiasen a los persas. Jalid conquistó la importante ciudad de Anbar, al oeste de Bagdad y a orillas del Éufrates, así como la ciudad de Ayn al-Tamar de la que tomó multitud de prisioneros a los que asesinó, haciendo caso omiso de las enseñanzas islámicas y dejando solo a 40 jóvenes cristianos seminaristas. Después de aquello, Abu Bakr envió a su general a conquistar Siria, para lo cual se llevó la mitad de sus tropas. Abu Bakr murió a los dos años, y, según su testamento, fue nombrado califa Omar (634).

En el año 634, los persas, dirigidos por el general Bahman Jaduyeh derrotaron a los musulmanes en la batalla de Qis al-Natif en la que cayó además muerto el general árabe Abu Ubayda Thaqafi. Esta batalla es más conocida en la historiografía árabe como batalla de Ŷasar. Sin embargo, como las disputas internas habían llegado en Persia a su mayor apogeo, los persas no pudieron sacar provecho de esta victoria, y, tras largas deliberaciones y dubitaciones, nombraron rey a Yazdegerd III, que tampoco era una persona que pudiera restablecer y reconstruir las bases de un imperio que se estaba desmoronando. Omar o Umar era todo lo contrario; persona decidida y enérgica, se hizo aun más decidida en la guerra contra los persas. Yazdegerd envió un ejército capitaneado por Rostam Farrojzad para hacerle frente a los árabes, y a su vez, Omar envió un ejército compuesto de unos treinta y tantos mil hombres dirigidos por el general Sa’d b. Abi Waqqas. Ambos contendientes se enfrentaron en Qadesiya y hubo una cruenta batalla que, aun cuando los persas mostraron suma resistencia, no pudieron evitar sufrir la derrota final: las “puertas” de Ctesifonte, capital de los Sasánidas, se habían abierto ante los musulmanes, Persia entera no tardaría en caer.

En el mismo año de 634 cayó primero la parte occidental de dicha ciudad, luego cruzaron el Tigris para conquistar la parte oriental que era donde se encontraba el palacio real, que expoliaron, llevándose todos sus tesoros. Tras la toma de Ctesifonte, Persia quedaba abierta ante los árabes que avanzaron hacia el interior persiguiendo a Yazdegerd que había huido al este. En el año 637 llegan a Jaluleh, junto al río del mismo nombre donde derrotan a otro ejército persa. Tras aquella batalla le llega el turno a Juzestán y a Lorestán. Omar a lo primero no tenía intención de traspasar las fronteras de estas dos provincias, pero uno de sus consejeros le recomendó que conquistase el país entero diciéndole a Omar: “Mientras estén vivos sus reyes, no dejarán los persas de ofrecer resistencia” Omar le hizo caso y envió a varios generales que conquistaron Fars, Sistán, Kermán y Makran.

En el año 638 Omar ordenó a Sa’d b. Abi Waqqas que estableciese asentamiento estable a las tribus árabes que habían atacado las zonas del este del centro de Persia. El general pensó en un principio en la ciudad de Anbar, mas consideró que el clima no era adecuado para los árabes beduinos, además de ser un lugar donde las moscas hostigaban incluso a los soldados. Tras buscar e indagar, eligió la ciudad de Kufa y repartió sus tierras entre las tribus árabes. De ahí en adelante, las levas que eran reclutadas para la conquista de los territorios sasánidas procedían de aquella ciudad.

En la época omeya toda Persia e Irak estaban bajo el mando y la administración de la ciudad de los valíes o gobernadores de Kufa, siendo uno de los más conocidos Haŷŷaŷ b. Yusuf, que ha pasado a la literatura persa como ejemplo de iniquidad. Más al sur se creó otro asentamiento que también fue lugar de partida para atacar Persia desde el sur, nos referimos a la ciudad de Basora. En esta ciudad era donde residían las tropas que eran enviadas a Juzestán, Makran, Fars, Kermán y Sistán. Los árabes llamaban “Mah Basrah” a las provincias que estaban bajo la administración de Basora y “Mah Kufa” a las que estaban bajo la administración de Kufa. En el año 642 se produce la batalla final entre árabes y persas, la de Nahavand, en la que el ejército persa cae derrotado. Los árabes la llaman “fath al-futuh”, es decir, la conquista de las conquistas. En ella los musulmanes derrotaron para siempre a los persas, aunque el general árabe cayó muerto en combate. El resto del trabajo, es decir, el avance hacia las ciudades interiores de Abhar, Qazvin, Hamadán y Zanjan, fue confiado a las tribus árabes establecidas en Kufa. El mismo año fue conquistada Qazvin y Abhar. Durante el gobierno de Walid b. Uqba en Kufa, los musulmanes lucharon contra la gente de Gilán, Talesh y Moghan, pero no salieron victoriosos y solamente pudieron conquistar Zanján. En la misma época se apoderaron de Rei (cerca de la actual Teherán) tras una cruenta batalla con Siavosh, el gobernador descendiente de Bahram Chubin. Tras la caída de Rei, avanzaron hacia Semnan, Damghan y Gorgán. El “espahbod” (general) de Tabaristán (actual Golestán y Mazandarán) no tuvo más opción que firmar la paz con los musulmanes. La conquista de Azerbaiyán, Moghan y Arran se realizó a finales del califato de Omar. Los musulmanes atacaron el país de los Jázaros tomando el camino de Darband (Bab al-Abwab) y avanzaron hasta su mismo corazón. No obstante, los musulmanes no pudieron establecerse allí y fueron finalmente derrotados y expulsados por los Jázaros. Tras la batalla de Jaluleh, Yazdegerd huyó primero a Rei, y de allí se dirigió a Isfahán, Kermán y Jorasán. En su huida, se llevó consigo encendido uno de los fuegos sagrados de un templo zoroastriano, y una vez que hubo llegado a Marv construyó allí un templo para mantener viva la llama.

Omar confió la conquista de Jorasán a Ahnaf b. Qays. Llegó a Herat tomando el camino de Tabas y una vez allí fue su punto de partida para llegar al resto de las ciudades de Jorasán. Yazdegerd pidió ayuda a los reyes de Sogdiana, al jaqan turco y al jaqan chino, y, ayudado por el jaqan turco y el pueblo de Ferghana y Sogdiana pudo llegar a Balj. Ahnaf dirigió sus huestes de Kufa y Basora para enfrentarse a los turcos y fue entonces cuando éstos renunciaron a ayudar a los persas y a su vez los persas dejaron de contar con su rey. Yazdegerd huyó hacia el este, cruzó el río Oxus y llegó hasta Ferghana, pero poco después regresó a Jorasán, y, tras varios años erráticos acabó asesinado en el año 651.

Tras la muerte de Omar en el 644 fue nombrado califa Uthmán. Depuso de su cargo a Abu Musa Ashhari, gobernador de Basora, y nombró en su lugar a un joven de 25 años llamado Abdullah b. Amer b. Kariz. Fue este joven quien aplacó las revueltas de Fars y recuperó las ciudades de Estajr, Ardeshir Jorreh y Darabgerd. También nombró emires para que gobernasen las ciudades de Kermán, Jorasán, Makran y Sistán, y él mismo, personalmente, se movilizó para aplastar las revueltas de Jorasán. Le confió a Ahnaf b. Qays la conquista de Taleqan, Juzjanan y Fariab, y este general conquistó estas ciudades una detrás de otra. Abdullah también pudo aplacar las revueltas que se habían producido en Kermán y en Sistán y su hegemonía llegó a alcanzar Zabolestán y la lejana Kabul.

 

10-OMEYAS Y ABBASÍES

Tras el martirio del Imán ‘Ali en el año 660, comenzó el corto califato de su hijo Hasan que firmó la paz con Mu’awiyah b. Abu Sufian, de la familia de los omeyas. Hacía varios años que Mu’awiyah era gobernador de Siria, aproximadamente desde que se conquistó, y fue en Siria donde afianzó su hegemonía y extendió su poder que luego pudo utilizar para luchar contra el Imán Ali tras la muerte de Uthmán. Finalmente, tras la batalla de Siffin y el debilitamiento de las fuerzas de Kufa, puedo extender sus dominios hasta Egipto, y, tras ser nombrado califa, Mu’awiyah dio comienzo a la “dinastía” omeya que regiría los destinos del Islam durante casi cien años. Mu’awiyah les hizo jurar lealtad a varios miembros de familias influyentes y aristócratas, pero varios, como por ejemplo, Huseyn hijo de Ali y Abdullah b. Zubayr se negaron a ello. Mu’awiyah tenía mucho éxito en su política exterior y había logrado la anexión para el Islam de varias provincias bizantinas. Sus logros se extendían al mar pues había logrado reunir una flota importante. Mu’awiyah, con la incorporación en sus filas de personas como Ziyad b. Abihi, Mughayrah b. Shu’ba y Amru As, pudo extender su poder a todo el mundo islámico, aunque para ello tuvo que pisotear muchas de los fundamentos del Islam, como por ejemplo el haber convertido la institución del califato en una monarquía y la contratación de agentes con el fin de humillar e insultar a la familia del Profeta.

En el año 680 muere Mu’awiyah y le sucede su hijo Yazid. Su ministerio comenzó con la orden de mandar asesinar al Imán Huseyn, hijo del Imán Ali en el sitio de Kufa. Su califato no duró mucho tiempo pues murió cuatro años después siendo sustituido por un miembro de la familia omeya, pero de la rama marwani. Abdullah b. Marwan se convirtió en el califa indiscutible de los musulmanes después de matar al pretendiente Abdullah b. Zubayr. Asimismo, con la llegada al poder de un hombre cruel e implacable como Haŷŷaŷ b. Yusuf, los omeyas vieron su poder aun más afianzado si cabe. Durante el gobierno de Abdul Malik y de Walid b. Abdul Malik el Islam llegó a su extensión máxima. Qutayba b. Muslim, general de Haŷŷaŷ, conquistó las regiones del norte de Jorasán, Joresmia, Transoxiana y Sogdiana, así como su capital Samarcanda, llegando incluso hasta las cercanías de la ciudad de Kashgar. Fue también en la época de Haŷŷaŷ cuando fue conquistado el Sind.

En cuanto a Occidente, los musulmanes llegaron hasta las costas del Atlántico y conquistaron el sur de España, creando al-Andalus. Durante el siglo que duró su hegemonía, las estructuras internas sociales, económicas y religiosas de Persia se vinieron abajo y la mayoría de los persas ya se habían convertido al Islam. No obstante ello, los persas veían en la dominación árabe una humillación y era algo que no podían soportar. Los jorasaníes, aprovechando la enemistad y desavenencias existentes entre las tribus árabes asentadas en Jorasán y las asentadas en Transoxiana, comenzaron a apoyar a los agentes abbasíes que empezaban a levantarse en contra del poder omeya. Los Abbasíes se veían a sí mismos más merecedores del califato debido a que era una rama más cercana a la familia del Profeta. Fue entonces cuando aparece en escena el general Abu Muslim de Jorasán, que, con el concurso de los persas y las tribus árabes disidentes pudo acabar con los omeyas y entregar el poder temporal a los Abbasíes.

Abdul Malik, Walid e Hisham pudieron mantener su califato por tanto tiempo debido a las conquistas del exterior y a la presión ejercida en el interior. Esta presión, que los gobernadores omeyas trasladaban al pueblo, causaba un gran descontento, sobre todo en el pueblo de Irak e Irán. Por otra parte, la falta de miramientos respecto a los principios del Islam hizo que se encendiera la mecha del resentimiento en las personas piadosas. La política administrativa y financiera llevada a cabo en las tierras conquistadas no tenía éxito, y, lo más importante, el apego de los omeyas a la llamada “asabiya” árabe (especie de patriotismo y fervor que defiende los valores árabes) y su desprecio a las naciones vencidas a cuyos miembros denominaban “mawali” (esclavos o clientes) fueron la gota que colmaba el vaso y que allanaron el camino para que se sucedieran las rebeliones por doquier una tras otra, especialmente en Jorasán.

El año 749 marca el final del califato omeya y el comienzo del abbasí cuyo poder, primero real y luego nominal, duraría unos 500 años. Aunque Mansur, el segundo califa, demostró su ingratitud haciendo asesinar a Abu Muslim, hay que decir que no tuvo otra opción para poder consolidar su poder. Sin embargo, con la muerte de Abu Muslim no sólo no se logró erradicar la influencia de los persas en el califato recientemente instituido sino que con la entrada en el mismo de secretarios y ministros persas aumentó la influencia de la cultura y política persas, cuya culminación fue la elección de los Barmakíes como ministros de los ‘Abbasíes.

Los Barmakíes eran de origen iranio búdico (no eran zoroastrianos sino iranios marginales) de Bactriana que constituyeron una saga de ministros hasta que Harun al-Rashid decidió masacrarlos a principios del siglo IX. Con el aniquilamiento de los Barmakíes, los persas no dejaron de influir en la corte abbasí pues llevaban dejando su impronta desde hacía 50 años. La corte del califa se asemejaba a una corte sasánida, el califa parecía un rey persa, los fastos, la música, todo era herencia de los persas, incluso los ‘Abbasíes fundaron Bagdad como capital de su califato, cercana a las ruinas de Ctesifonte, la que fuera capital de los Sasánidas, y, por ende, el Islam deja de ser “mediterráneo” para volverse “más oriental”. Cuando Harun al-Rashid murió, la cultura persa siguió dejando su influencia, esta vez, a través de su hijo al-Ma’mun, de madre persa, a quien le entrega los dominios de Persia para evitar la guerra contra su hermano al-Amin, de madre árabe, quien heredó la parte árabe del imperio. Mas una guerra entre los dos hermanos convirtió a al-Ma’mun en califa absoluto de todo el Islam. Al-Ma’mun había sido también ayudado por los persas de Jorasán para subir al poder y es por ello que la cultura persa siguió influyendo en la corte abbasí. Pero este estado de cosas va cambiando paulatinamente, y, tras la muerte de al-Ma’mun en el 833, la influencia persa va decayendo en beneficio de la árabe. Por otro lado, es a mediados del siglo IX cuando comienza la entrada del elemento turco en la escena del Islam. Esta entrada se produce en un principio mediante el reclutamiento de turcos de Asia Central para el ejército. Debido a su eficacia y a su valor como soldados, estos turcos se fueron imponiendo hasta acabar incluso con el mando de los árabes y tomar completamente las riendas del ejército. Esta influencia de los turcos llegó a su auge cuando ellos llegaron a tener poder para nombrar y destituir califas.

Esta autoridad que detentaban los turcos decayó en el siglo X y cayó en manos de los Deylamitas, que reinaban el norte de Persia. Sin embargo, con la llegada de los Selyúcidas en el siglo XI, el poder turco llegó a su máximo apogeo y gran parte del mundo islámico se encontraba bajo su hegemonía político y militar.

Mientras tanto, las finanzas y los asuntos de la corte seguían en manos de los persas así como la nueva cultura y las ciencias islámicas estaban también regida mayormente por sabios, o persas o de origen persa, unas ciencias que aunque estaban basadas en el Corán, las tradiciones y la lengua árabe, en su esencia era una ciencia griega precedida de unos portaestandartes en su mayoría persas, que, sin abandonar sus raíces y su antigua cultura y civilización supieron mantener su identidad nacional dentro de un marco islámico. Los persas, al contrario que otras naciones, no sólo no se disolvieron entre los árabes sino que crearon una nueva y pujante literatura en su lengua nacional, la persa.

 

11-TAHERÍES 820-872

La independencia del gobierno hereditario persa de los Taheríes supuso un cambio importante en la administración abbasí, aunque no una ruptura radical con el gobierno central. Talha no gobernó en Jorasán más de seis años. Hasta su muerte, acaecida en el 828, no dejó de enviar, al igual que su padre, sus tributos al califa abbasí. Los Taheríes tenían la misión de acabar con las revueltas jariŷíes, y para tal menester habían sido enviados por los ‘Abbasíes. A pesar de ello, siguieron gobernando aun cuando su gobierno suponía una especie de desobediencia al califato. Fue durante el gobierno del hermano de Talha, Abdullah b. Taher (828-844) cuando los Taheríes llegaron al auge de su poder. Tras la muerte del califa al-Ma’mun en el 833, fue sustituido por al-Mu’tasim, que aunque no veía con buenos ojos a Abdullah veía por otra parte que impedirle que gobernase era tarea imposible.

Abdullah preparó un ejército en Transoxiana para seguir utilizándolo contra los jariŷíes. Su éxito en las empresas militares que emprendió contra el rebelde Maziyar ibn Qaran (835) no hizo sino acrecentar su reputación ante los musulmanes y el califato. Mostró interés por hacer desarrollar la agricultura en Jorasán, y para ello se dispuso a proteger a los pequeños agricultores en detrimento de los grandes terratenientes. Su hijo, Taher b. Abdullah (844-862) se ocupó de establecer la justicia y el orden. A finales de su gobierno Sistán se vio sacudido por nuevas insurrecciones que, con la llegada al poder de Yaqub Leys, esta región dejó de ser parte de las posesiones de los Taheríes (862). Taher b. Abdullah fue sustituido por Mohammad b. Taher durante cuyo mandato perdió Tabaristán (la región ribereña del Caspio) (864), y, en el 872 fue derrotado y apresado por los Saffaríes que conquistaron todo el Jorasán poniendo punto y final a los Taheríes.

Los Taheríes habían reinado en Jorasán durante unos 50 años. Al principio, su capital era Marv. Luego ésta fue trasladada a Neyshabur. Podemos deducir su sistema de gobierno por medio de una carta que le envió Taher b. Huseyn a su hijo Abdullah que le hablaba sobre la forma de gobernar. Esta carta se ha conservado porque viene citada en un libro titulado “Bagdad” escrito por Ibn Teyfur. También podemos sacar conclusiones de su sistema de gobierno por las instrucciones que les daba Abdullah b. Taher a sus gobernadores y que han llegado hasta nosotros en “Zayn al-Ajbar” de Gerdizí.

Es menester recordar que aun cuando el califa de Bagdad era mencionado en los sermones de las mezquitas y se acuñaban monedas en su nombre, éste carecía de cualquier tipo de poder en la región de Jorasán y eran realmente los Taheríes los que reinaban, y el califa abbasí carecía de cualquier poder, siendo su autoridad tan solo nominal.

El taherí fue el primer reino islámico independiente que surgió en Persia. Los Taheríes fueron los primeros persas que se independizaron de la autoridad califal reinando una región grande de Persia, el Jorasán. No obstante, los Taheríes no necesitaron emplear la violencia contra los califas. El fundador de la dinastía, Taher b. Huseyn, más conocido en las fuentes históricas como Zul Yaminin, era un mawali educado en una tribu árabe asentada en Jorasán, y, por tanto, tenía una educación a la árabe, si bien tanto él como su familia eran persas y de lengua persa procedentes de una región cercana a Herat.

A finales del califato de Harun al-Rashid y durante la estancia de su hijo al-Ma’mun en Jorasán, Taher y su padre Huseyn fueron dignos de la atención de al-Ma’mun. Años más tarde Huseyn ayudó a al-Ma’mun en la guerra que mantuvo contra su hermano al-Amin por obtener el califato, saliendo pues victorioso y asegurándole a al-Ma’mun el poder califal (813). Así pues, alcanzó gran reputación ante el nuevo califa y éste le envió a aplacar las revueltas jariŷíes de Jorasán, ya que de esta manera, al-Ma’mun alejaba de su vista a aquel que había dado muerte a su hermano. Fue cuando el califa le entregó el mando de Jorasán, que comprendía también la región de Sistán y Kermán, además del control y la supervisión de Transoxiana y las nuevas conquistas que se iban realizando por la región. Así, según el historiador Tabari, la región que gobernaban los Taheríes iba desde Bagdad hasta las tierras más lejanas de oriente. Taher se declaró independiente y el califato se inquietó por ello. Pero, tras la muerte de Taher en condiciones extrañas después de suprimir el nombre del califa del sermón del viernes (822), el propio califa no tuvo más opción que nombrar al hijo de Talha b. Taher gobernador de Jorasán, que terminó teniendo completo dominio sobre la región y convirtiendo su cargo en hereditario. Por otra parte, con la aceptación de esta “autonomía” como si de un vasallaje se tratara, el califa se aseguraba el regreso de la región a los dominios califales.

 

12-SAFFARÍES 874-900

Del estado que creó Yaqub Leys con la ayuda de sus hermanos Ali ibn Leys y Omar ibn Leys, en Sistán, se podría decir que fue el primero realmente independiente del Irán islámico. Los Saffaríes derrocaron a los Taheríes a pesar de la desazón y la pérdida de una parte importante de sus dominios que ello suponía para el califato abbasí. Obviamente pues, el califato no deseaba el triunfo político del nuevo estado, pero ellos habían sido aceptados por la mayoría de la población del extenso territorio que habían conquistado.

El fundador de esta dinastía, Yaqub Leys, era de origen humilde. Pertenecía a la clase artesanal y se había dedicado al humilde oficio de calderero, de ahí el nombre de la dinastía de saffarí que es lo que significa en árabe y persa. No obstante, el hecho de ver en las fuentes históricas de la época la invención de un árbol genealógico que emparentaría a la dinastía saffarí con los antiguos reyes sasánidas nos demuestra la gran popularidad alcanzada entre su pueblo.

En su juventud Yaqub Leys ingresó en las filas de los ayyarun. Más tarde, pudo dominar Sistán venciendo a los jariŷíes que se habían enfrentado a los ayyarun (867), pero el califa no estuvo dispuesto a reconocer su gobierno en Jorasán, y Yaqub, que se consideraba a sí mismo el legítimo gobernante de Jorasán y de todos los dominios que a la sazón poseían los Taheríes, no dudó en desobedecer al califa e incluso en amenazarle. Se dirigió a Fars para reconquistarla, de ahí marchó a Azerbaiyán y se dirigió a Bagdad con el objeto de asaltarla, pero fue derrotado por el ejército del califa y tuvo que replegarse a Ahvaz (875). Cuando estaba reponiendo fuerzas y preparándose para atacar de nuevo Bagdad, cayó enfermo y murió en Gondishapur (878).

Después de su muerte, el ejército eligió a su hermano ‘Amru como nuevo emir. El nuevo gobernante vio apropiado avenirse con el califa y le mostró sumisión. El califa, que a la sazón se hallaba demasiado ocupado con la revuelta de los zanŷ que estaba sacudiendo todo el sur de Mesopotamia, no tuvo más opción que reconocer la soberanía de los Saffaríes en las regiones de Persia por ellos conquistadas. A pesar de todo, ya que el califa no estaba satisfecho ni convencido en reconocer oficialmente la soberanía de un estado que se basaba en la desobediencia mostrada al califa, decidió nombrar gobernador de Jorasán a Mohammad b. Taher, un miembro de la depuesta dinastía taherí. Aunque poco después el califa le entregó Jorasán a los Saffaríes, junto a Fars y Kermán (888), ‘Amru le exigió también la entrega de Transoxiana, región que también había pertenecido a los Taheríes y que entonces gobernaba Ismail b. Ahmad Samani, mas el califa ya no estaba dispuesto a ceder a sus pretensiones, y, a desgana, pero acuciado por Ismail, respondió a sus exigencias con un enfrentamiento. En la batalla que se produjo en Balj tras la negativa del califa contra los ejércitos samaníes, ‘Amru cayó prisionero y su ejército fue disuelto (900). Se llevaron al prisionero desde Bujara a Bagdad donde fue encerrado en una mazmorra y murió dos años después.

Aunque cuando tras la muerte de Amru, su nieto Taher b. Mohammad y sus sobrinos Leys b. Ali y Mohammad b. Ali mantuvieron el poder de la dinastía en Sistán (900-910), los Samaníes finalmente acabaron anexionándose también aquella región. Aunque después de la caída de los Samaníes Sistán cayó bajo hegemonía gaznaví, el recuerdo de los Saffaríes no se borró de la memoria de las gentes del lugar por cuanto eran aún recordados, incluso varios siglos después de su desaparición. Los miembros de la dinastía saffarí, especialmente Yaqub, jugaron un importante papel en el resurgimiento de la lengua y la cultura persas. Según el relato que viene registrado en la obra de autor desconocido “Historia de Sistán” el primer verso en persa fue compuesto por Mohammad b. Vasif Sistaní, secretario de Yaqub Leys, que en cierta ocasión le dedicó un panegírico, en árabe, como lo hacían todos, pero Yaqub Leys, persona de origen humilde que no entendía el árabe, le dijo “¿Por qué hay que decir lo que no se entiende?”. Este relato, quizás apócrifo, es considerado como el “inicio” de la literatura persa del período islámico.

 

13-SAMANÍES 874-999

Los Samaníes reinaron en Persia casi un siglo. Sus dominios incluían la mayor parte del Irán actual, Afganistán y una gran parte del Asia Central. En definitiva, incluía la mayor parte de aquellas regiones donde se hablaba la lengua persa. Las regiones que escapaban a su hegemonía eran, la occidental, dominada por los Buyíes, Mazandarán reinada por los Ziaríes, y otras pequeñas dinastías que reinaban en algunas zonas ribereñas del mar Caspio y Azerbaiyán. Así pues, concretamente, las regiones que abarcaban el reino de los Samaníes comprendían el Gran Jorasán (que a su vez comprendía todo lo que hoy es Turkmenistán, Uzbekistán, Tayikistán y parte de Afganistán), Sistán, Kermán, (a veces Gorgán), Mazandarán, entonces llamada Tabaristán, Rei, Qazvin y Zanján. La mención de todas estas regiones y ciudades nos da una idea de la gran extensión que llegó a tener el reino de los Samaníes. Sin embargo, la importancia de esta dinastía no se mide en la historia de Persia ni por los éxitos de sus empresas militares ni por la extensión de sus dominios, sino por el papel crucial que jugó en el renacimiento de la cultura persa. En efecto, si bien los Taheríes y los Saffaríes, las dos dinastías anteriores, habían desempeñado su rol en el renacimiento cultural de su nación, el carácter efímero de ambos, entre otras circunstancias, no les permitieron llevar a cabo semejante empresa, que quedó para los Samaníes, que reinaron casi un siglo entero. Los persas, a pesar de haberse convertido al Islam, conservaban intactas sus costumbres ancestrales tales como la celebración del año nuevo o Now Ruz, muchas fiestas del calendario zoroastriano etc. Los Samaníes veían como un deber el conservar aquellas tradiciones bajo el nuevo ámbito islámico, y, debido a que el pueblo de hecho las seguía conservando, fue algo que no les costó mucho. La dinastía samaní comenzaba su discurso nacional afirmando que ellos descendían del valiente general sasánida Bahram Chubin. Sea cierta o no esta ascendencia noble, sí nos demuestra la importancia que para los Samaníes tenía el atribuirse un origen persa para así legitimar su dinastía. Sea o no Bahram Chubin su antepasado, sí se sabe quién era el antepasado que dio nombre a la dinastía. Era un gran terrateniente de Balj llamado Saman b. Joda que se convirtió al Islam a principios del califato abbasí y fue muy apreciado por los emires de la región. Sus hijos y nietos ayudaban al gobernador en la seguridad de la región y en el registro de los impuestos, de tal manera que cuando al-Ma’mun, hijo de Harun al-Rashid y futuro califa, llegó a Persia, les entregó a algunos de los descendientes de Saman b. Joda el gobierno de las provincias de Samarcanda, Ferghana, Chach (Tashkent) y Herat (819).

En la época del levantamiento de Yaqub Leys y su hermano ‘Amru Leys Saffarí, dos hermanos de la familia samaní, el primero Nasr ibn Ahmad (874) e Ismail ibn Ahmad (884) gobernaban Transoxiana como vicegobernadores de los Taheríes, dinastía a su vez apoyada por el califato de Bagdad. Cuando el califa se negó a acceder a las pretensiones de ‘Amru Leys que le exigía el gobierno del territorio de Transoxiana y a aquel no le quedó más opción que enfrentarse a él, el ejército del califa luchó contra el de ‘Amru Leys, y, ayudado por las levas de los Samaníes pudieron derrotar a los Saffaríes (900), fecha que marca el comienzo de la dinastía de los descendientes de Saman b. Joda. Tras aquella batalla, en la que ‘Amru Leys cayó prisionero, la dinastía saffarí se vino abajo y a los Samaníes no les costó mucho anexionarse Transoxiana y todos los territorios dominados por los Saffaríes. El califa dio el visto bueno a la anexión. Desde esa fecha, nueve reyes se sucedieron hasta que la dinastía desapareció. Reinaron con el nombre de emires de Jorasán y Transoxiana. Su centro administrativo o sede del trono se encontraba en Bujara.

Desde el comienzo de su reinado, los Samaníes se enfrentaron a otros reinos persas vecinos como los Alavíes de Tabaristán, y, ya a finales de su reinado, con los Buyíes que reinaban la parte sudoeste de Persia. En ambos casos los Samaníes se mostraban como defensores y guardianes del califato abbasí y del sunnismo (frente al shiísmo). A continuación exponemos los nombres y fechas de los nueve reyes samaníes: Ismail b. Ahmad (892-913), Ahmad b. Ismail (913), Nasr b. Ahmad (913-942), Nuh b. Nasr (942-954), ‘Abdul Malek b. Nuh (954-961), Mansur b. Nuh (954-975), Nuh b. Mansur (975-997), Mansur b. Nuh (997-998), ‘Abdul Malik b. Nuh (998-999).

Los primeros signos de la decadencia samaní aparecieron cuando los eunucos turcos acapararon puestos de elevado rango en el ejército y en la corte. Las revueltas que surgieron en Bujara eran hasta cierto punto causadas por las desavenencias existentes entre cortesanos y militares. Las revueltas de Jorasán, derivadas por los conflictos que habían entre los emires turcos y contra la corte samaní de Bujara, se intensificaban cada vez más y provocaron el desgajamiento de Jorasán del reino samaní, haciendo que Transoxiana se tambaleara y se convirtiera en presa fácil de los janes turcos que acechaban en Asia Central y de los turcos Gaznavíes. Con el asesinato del emir Ibrahim b. Nuh en el año 1004, último pretendiente al trono samaní y el último miembro de la dinastía que luchó tenazmente contra los turcos, los Samaníes desaparecen de la escena de la historia.

Los Samaníes, con su política de obediencia nominal al califa de Bagdad y el pago al mismo de su tributo anual, pudieron, además de consolidar su reino, ser aceptados por los musulmanes. Su política de defensa de las tradiciones islámicas junto a las persas fue también un motivo que acrecentó la popularidad de los Samaníes a la vista de un pueblo musulmán persa. A tenor de esto, vemos que los descendientes de Saman b. Joda no sólo fueron defensores de los conocimientos islámicos sino también mecenas de una pléyade de escritores y poetas que escribían y componían en persa, a pesar del esfuerzo que suponía semejante empresa, pues todo ello significaba competir con el árabe, “lengua sacra” que se había extendido por todo el mundo islámico, desde Persia a al-Andalus. Los poetas de la Persia samaní fueron el punto de partida de la literatura persa. Con ellos se inicia el verdadero renacimiento cultural iraní, renace la mitología, los reyes y héroes de antaño recobran vida como protagonistas del “Libro de los reyes” de Ferdousí, de una de las épicas más bellas del mundo, resurge la poesía, la lírica amorosa vuelve a cantar el romance entre el rey sasánida Josrov y Shirin, en definitiva, renace una literatura cuya edad dorada se extendería hasta el siglo XV.

 

14-ALAVÍES DE GILÁN Y DEYLAM

La residencia de Atrush durante 14 años en Deylam (antes de llegar a ser emir) y su influencia religiosa y carismática en el este de Gilán, preparó un terreno muy propicio para los Alavíes, ya que a pesar de que el gobierno alaví se había extinguido en Tabaristán, en el este de Gilán aun quedaban zeydíes fervorosos que estaban dispuestos a sacrificar incluso sus vidas por la causa. Así pues, uno de los nietos de al-Huseyn al-Sha’er (hermano d Atrush) llamado Ŷa’far Mohammad, se dispuso a hacer renacer el poder alaví. En el año 932 conquistó Hausam (actual Rudsar) adoptando inmediatamente un título honorífico al igual que hacían los anteriores emires alavíes. Ŷa’far Mohammad conquistó tres veces la ciudad de Amol ayudado por aliados gilaníes, ziaríes y tabaríes. Pero después de varios meses fue expulsado de allí. Después de tres décadas de gobierno murió en el 961 y fue enterrado en Miyandeh, a 30 kilómetros al este de Hausam.

Después de él le siguieron sus hijos en este orden; Abul Hasan Mehdi y Abul Qasem Huseyn. Poco después, Abul Qasem Huseyn fue apresado por el ejército del rey Voshmgir, que estaba haciendo intentos para expulsar a los Alavíes de Gilán. Por otra parte, los Buyíes que se esforzaban en todo lo posible por mantener en su poder Lahiján, su cuna de origen, protegían a los Alavíes. Finalmente, Manazer Ŷastaní invitó en el 963 a Abu ‘Abdullah Mohammad (hijo del emir alaví Hasan b. Qasem) a que viniese al Gilán. En aquel entonces, Abu ‘Abdullah Mohammad era rival de los alavíes de Bagdad. Tras su entrada en Gilán se apoderó de Hausam con la ayuda de Manazer Ŷastaní y adoptó un título honorífico. Abu ‘Abdullah Mohammad realizó ímprobos esfuerzos para unir a las dos facciones en las que estaban divididas los zeydíes, esfuerzos que hasta cierto punto rindieron su fruto. Hizo todo lo posible para ejercer un completo dominio sobre Tabaristán y Hausam, pero las continuas insurrecciones de Abul Fazŷ al-Tharir Zeydí, más conocido como Amirka, dio al traste con todos sus esfuerzos. La debilidad de los Alavíes causó que Abu ‘Abdullah aceptase la soberanía de los Buyíes. Después de su muerte empezaron de nuevo las rivalidades entre los zeydíes además de desaparecer los zeydíes de Gilán. En el 990 surgió en Gorgán otra rama de los Alavíes. Los miembros más famosos de estos Alavíes fueron Abul Hasan Ahmad b. al Huseyn y su hermano Yahya, que escribieron obras sobre jurisprudencia y retórica islámicas que se han conservado gracias a los zeydíes del Yemen. Yahya estudió en Bagdad, y, en Rei, se agregó al círculo del famoso ministro buyí Sahib b. ‘Ibad.

os descendientes de los Alavíes siguieron su actividad religiosa en Gilán y en Hausam, hasta la llegada al poder de los turcos Selyúcidas, que sus actividades fueron a menos hasta desaparecer.

 

15-ALAVÍES DE TABARISTÁN. LOS ZEYDÍES (864-928)

Tras la muerte del IV imán, Ali hijo de Huseyn, un grupo de shiíes era de la opinión de que su sucesor al imanato debía ser su hijo Zeyd. Zeyd b. Ali se rebeló contra Yusef b. Omar Thaqafi, el gobernador omeya de Hisham b. ‘Abdul Malik (723-742) pero su insurrección fue pasada a cuchillo y cayó mártir. Después de Zeyd, Yahya, su hijo, huyó a Jorasán y en Juzyanan (entre Balj y Fariab) se levantó en rebelión. Nasr b. Sayyar, a la sazón gobernador de Jorasán, envió tropas para que le combatieran. Mataron a Yahya y enviaron su cabeza a Walid b. ‘Abdul Malik (742-746). Mantuvieron el cuerpo de Yahya b. Zeyd colgado en una pica hasta la rebelión de ‘Abu Muslim de Jorasán (746) quien lo bajó de allí y le dio sepultura. Se cuenta que muerte de Yahya b Zeyd influyó y entristeció tanto al pueblo de Jorasán a que todos los varones que nacieron el año de su muerte le ponían de nombre Yahya o Zeyd. Después de la muerte de Zeyd, sus discípulos se dividieron en varias ramas siendo las más importantes la de los Idrisíes, Hasaníes y Hasimíes.

IDRISÍES

Los discípulos de Idris b. ‘Abdullah b. Abi Talib llegaron a gobernar en Marruecos y el norte de Ifriqiya desde el año 730 hasta el 985. Los Idrisíes son considerados el primer estado shií Alaví independiente.

QASIMÍES

Los discípulos de Qasim b. Ibrahim b. Tabatabai al-Rasi crearon en el Yemen el estado de Aemeh Rasi (893-1174). La mayor parte de la población yemení son zeydíes.

HASANÍES

Los discípulos de Hasan b. Zeyd b. Hasan b. Ali fundaron un estado shií alaví en Mazandarán (antiguamente Tabaristán) que son de los que ahora nos vamos a ocupar.

Las revueltas de los Alavíes hasaníes (hijos del imán Hasan, Mohammad Nafs al-Zakiya y Huseyn b. Ali b. Hasan) en el Hiyaz no tuvieron éxito. Sus descendientes que quedaban en el valle de Faj, cerca de la Meca, fueron todos martirizados por los Abbasíes en el año 811. Más tarde, a este día lo llamaron los shiíes, al igual que el día de la tragedia de Karbala, el Día del Luto (Yum al-‘Aza). El fracaso de los Alavíes en el Hiyaz provocó que éstos emigraran a regiones montañosas de los Zagros y Rei donde podrían vivir a salvo de la tiranía de los Abbasíes. A mediados del siglo IX, la gente de Kalar y Ruyan, extenuados por la tiranía de Mohammad b. Us Balkji (el gobernador taherí de Tabaristán) y viendo la piedad de los Alavíes, se dirigieron a Mohammad b. Ibrahim y le pidieron que fuese su gobernador. Sin embargo, él los envió a Hasan b. Zeyd b. Ismail, que a la sazón vivía en Rei. La gente de Tabaristán, pues, pidió a éste último que fuese su gobernador, a lo cual accedió Hasan y, en el 864, se dirigió a Tabaristán para este menester. Muy pronto y con la ayuda de sus adeptos, que cada día eran más, pudo expandir sus dominios a las regiones que rodeaban Kalar hasta llegar a Paidasht y Amol donde expulsó al gobernador taherí. No obstante, al año siguiente, Hasan no pudo resistir el contraataque de Soleymán b. ‘Abdullah Taherí, que le obligó a evacuar toda la zona de Tabaristán y refugiarse con sus incondicionales en las montañas de Deylam. Sin embargo, pronto Hasan pudo imponerse a Soleymán y llevarse cautivos a los suyos y a su harén, que fueron más tarde caballerosamente devueltos a su oponente. Soleymán renunció a seguir luchando por Tabaristán y regresó a Jorasán. Con la llegada al poder de Hasan en Tabaristán, muchísimos alavíes emigraron a dicha región de la ribera del Caspio, procedentes de la Meca, el Hiyaz y de los alrededores de Siria para ofrecer sus servicios al nuevo gobernador. Hasan los recibió calurosamente y le dio a cada uno de ellos un cargo. Se cuenta que cuando montaba en su caballo, 300 lacayos con su sable desenfundado le acompañaban. Hasan enviaba al año a Bagdad la cantidad de 30.000 dinares para que los alavíes de allí se lo repartieran. Los zeydíes reconquistaron Gorgán en el 867 y al año siguiente conquistaron Qazvin, Abhar y Zanján. Las victorias de los Alavíes causaban estupor en el califato, y en el 868 el califa Mu’taz envió a sus generales a Tabaristán cuyas campañas fueron exitosas por cuanto les pudieron arrebatar a los Alavíes todas las regiones conquistadas, empresa que finalmente acabó en fracaso pues la muerte del califa abbasí les forzó a regresar a Bagdad y abandonar los territorios reconquistados.

Los Deylamitas se reunieron nuevamente alrededor de Hasan, que recuperó de nuevo todas las tierras perdidas. Entonces un grupo de rusos hizo su entrada en las costas de Tabaristán, prendieron fuego a las aldeas y masacraron a la población. Hasan les derrotó y los fugitivos rusos fueron también masacrados. En el 873, Yaqub Leys Saffarí marchó a Gorgán tras la conquista de Jorasán y persiguió a los Alavíes hasta las montañas de Deylam. Estos nuevos conquistadores procedentes de Sistán quemaron muchas aldeas, campos y ciudades de Tabaristán. Pero no pudieron permanecer por mucho tiempo, regresando al poco al Jorasán. Hasan murió en el 883. Durante su gobierno, su carácter más destacado era su sentido de la justicia. A su muerte, su yerno Abul Huseyn se hizo con el gobierno durante diez meses pero tuvo que finalmente rendirse ante Mohammad, el hermano de Hasan. Mohammad b Zeyd y ordenó que fuesen reconstruidos los santuarios de los imanes ‘Ali y Huseyn, que se encontraban en lamentable estado y envió muchos presentes a los Alavíes que estaban fuera de Tabaristán, detalle este que hizo aumentar su popularidad como persona generosa.

En el 890, Rafe’ b. Harthameh, que no tenía muchos miramientos por el califato abbasí, sometió bajo su dominio todo el Jorasán, tras lo cual se dirigió a Tabaristán y lo conquistó. Por otro lado, el califa Mu’tadid le entregó el gobierno a ‘Omar b. Leys (rival de Rafe’). Rafe’ firmó un acuerdo de paz con Mohammad b. Zayd y este último se apoderó de Neyshabur en el 896, y el nombre de los Alavíes se citaba en los sermones de las mezquitas. Pero no hizo falta mucho tiempo para que los Alavíes fuesen expulsados de Neyshabur por ‘Amru Leys. Fue entonces también cuando Rafe’ huyó a Joresmia y allí fue asesinado. Las gentes de Kalar y Ruian defendieron a los Alavíes, pero el comportamiento violento de los Deylamitas provocó discordias con aquellos. No obstante, los Alavíes eran apoyados por la mayoría de la población de Tabaristán, y ello a pesar de la enemistad de Qaran Bavandí, enemigo acérrimo de los Alavíes que no descansaba en su lucha y que perdió en ella la vida. En el año 900 Mohammad b. Zeyd fue a la conquista de Jorasán, mas a la altura de Gorgán, el general samaní Mohammad b. Harun Sarajsí le cerró el paso y lo asesinó.

Después de aquello, Mohammad b. Harun conquistó todo Tabaristán y restableció el sunnismo en la región. El hijo de Mohammad b. Zeyd fue llevado a Bujara.

Después de un tiempo Mohammad b. Harun acabó sublevándose contra los Samaníes. Conquistó Rei y se alió con el alaví Hasan b. Ali al-Atrush que había huido de Tabaristán cuando el general samaní la invadió. El emir samaní Ismail pudo finalmente capturar al general y llevarlo a Bujara donde le dio muerte. Para sustituirle, los Samaníes enviaron a Abul ‘Abbas como gobernador de Tabaristán. El nuevo gobernador samaní se comportó afablemente con la población y mostraba afecto y respeto por los patriarcas alavíes. Por otro lado, también enviaba presentes a los jefes deylamitas. A la muerte del emir Ismail y con la llegada al trono de Ahmad b. Ismail, Abul ‘Abbas fue destituido de su cargo y el nuevo rey samaní abandonó Tabaristán a su suerte. El comportamiento del nuevo monarca con el pueblo de Tabaristán fue grosero, y éste, molesto por los agravios a los que se veían sometidos, exigieron la restitución de Abul ‘Abbas, que regresó a su cargo para morir allí poco después (910). La muerte de Abul ‘Abbas era una oportunidad dorada para los Alavíes y mucho más si se tiene en cuenta que Mohammad Ibrahim Sa’luk, sucesor de Abul ‘Abbas, al contrario que éste, maltrataba a la población, que, al verse sometida nuevamente al escarnio hicieron venir a Tabaristán a Hasan b. Ali b. Hasan más conocido como Atrush que a la sazón vivía fugitivo en Rei. Atrush era un hombre sabio y de letras. Antes del martirio de Mohammad b. Zeyd, se hallaba ocupado en la misión de propagar el Islam entre las gentes del Gilán y pudo convertir a una multitud de Deylamitas que aún no habían abrazado la fe. Atrush adoptó el título honorífico de Naser al-Haqq y expulsó de Deylam y Tabaristán a los Siyah Ŷamegan abbasíes.

En el año 913 Atrush inició su cruzada militar en Tabaristán y venció en Chalus a Mohammad b. Sa’luk, regresando victorioso a Amol. Al año siguiente, cuando las tropas samaníes vinieron a tomarse la revancha, Atrush perdió Amol y tuvo que retroceder hasta Chalus. Pero a los 40 días pudo nuevamente expulsar de Tabaristán a los Samaníes y obtuvo una victoria temporal en Gorgán. Los triunfos de Atrush obligaron a los gobernantes más importantes de Tabaristán a someterse a su autoridad, como por ejemplo Shervin b. Rostam Padosban. La ciencia, la devoción y el comportamiento afable para con la gente de Tabaristán han hecho que historiadores y testigos oculares admiren la figura de Atrush. El celebérrimo historiador persa que escribía en árabe, Tabari, contemporáneo de Atrush, dice lo siguiente acerca de él: “La gente nunca ha visto a nadie como Atrush, tan dado a la justicia, a la afabilidad y fiel a la verdad”. Atrush murió en el 916.

Tras la muerte de Atrush, su yerno, Hasan b. Qasim llegó al poder alaví con la ayuda de Abul Huseyn Ahmad, hijo mayor del difunto. El otro hijo de Atrush, Abul Qasem Ŷa’far manifestó su descontento por esta elección y salió de Amol con la intención de conquistar el poder. Ŷa’far derrotó a Hasan en el año 918 pero el pueblo acabó expulsándolo y restituyendo a Hasan al año siguiente.

En el 920 Ŷa’far envió a su general a Jorasán. Aprovechando la debilidad de los Samaníes se apoderó de Damghan y Neyshabur, tras lo cual se dirigió a Tus, cerca de la actual Mashad, donde fue empero derrotado y asesinado por las tropas samaníes (921). El remanente fugitivo alaví también retrocedió hasta Gorgán.

En el 922, el emir samaní Nasr b. Ahmad, cansado de las incursiones de los Alavíes se encolerizó y envió a su general turco Qaratkin a Gorgán. En esta expedición militar estaba implicado Abul Qasem Ŷa’far, quien se había confabulado con el enemigo. Poco después también Abul Huseyn Ahmad se pasó a las filas enemigas de Hasan b. Qasem, y, aunque éste último pudo derrotar a Abul Huseyn y apresarlo, no pudo resistir finalmente el embate y tuvo que pedirle refugio al “ispahbod” (general) Mohammad b. Shahriar Qarnundi, que lo acogió, pero para entregarlo a Mohammad b. Vahsudan, uno de los gobernadores abbasíes.

Hasta que Mohammad b. Vahsudan fue asesinado, Hasan b. Qasem permaneció prisionero en una mazmorra de Alamut, en manos de Mohammad b. Mosafer Salari. Tras ser liberado, regresó a Gilán y derrotó en Tabaristán y Gorgán a todos los pretendientes al trono: Ŷa’far huyó a Rei y a Ahmad le fue entregado el gobierno de Gorgán. Fue entonces cuando un grupo de jefes de Gilán y Deylam planearon un complot para asesinar a Hasan b. Qasem. Pero todos los conspiradores fueron muertos ya que la trama fue descubierta.

En el 923 de nuevo se aliaron Ahmad y su hermano Ŷa’far para conspirar en contra de Hasan b. Qasem. Se apoderaron de Amol, y Hasan b. Qasim no tuvo otra opción que refugiarse en las montañas de Deylam. Dos meses después de la muerte de Ŷa’far, Ahmad le sucedió y continuó persiguiendo a Hasan b. Qasem hasta Gilán.

En el 924, tras la muerte de Ŷa’far, los jefes de Deylam eligieron a Abu ‘Ali Mohammad (uno de los hijos de Abu Ahmad) como emir de los Alavíes. Las disputas internas en el reino alaví fueron la causa de que los jefes de Gilán y Deylam, que antes no osaban entrometerse en los asuntos de estado, pudiesen manejar a su antojo a los Alavíes como si fuesen marionetas. Fue durante estas luchas por el poder cuando surgieron dos líderes deylamitas: Asfar Shiruyeh y Makan Kakí, ambos fuertes rivales. Makan Kaki y su primo defendían a Ismail (el hijo menor de Ŷa’far) y apresaron a Abu ‘Ali Mohammad. Sin embargo, cuando éste último mató al hermano de Makan Kakí, pudo recuperar el poder con el concurso de Asfar Shiruyeh. Poco después murió mientras jugaba al “chugan” (especie de polo que se juega montado a caballo) y le sucedió su hermano Seyyed Abu Ŷa’far.

El gobierno de Seyyed Abu Ŷa’far tuvo que enfrentarse a la sublevación de Asfar Shiruyeh. En el 926 Makan Kakí aprovechó la oportunidad que aquello le brindaba y expulsó a Asfar de Amol, hizo llamar a Seyyed Abu Ŷa’far y juntos gobernaron Tabaristán. Mientras tanto, Asfar había huido a Gorgán.

El regreso de Seyyed Abu Ŷa’far se realizó tras una victoria poco contundente. Tras el mismo, conquistó toda la región que va de Rei hasta Qom. Entretanto, Asfar Shiruyeh, que vivía en Gorgán bajo la protección de los Samaníes, aprovechó la oportunidad que le daba la ausencia del emir y volvió a adueñarse de Tabaristán. El emir, al escuchar aquella noticia, decidió regresar sin Makan Kakí y murió asesinado junto a la puerta de Mardaviŷ Ziarí (928). Poco después, también Makan Kakí fue derrotado en Rei por las tropas de Asfar y huyó a Deylam. Murió más tarde en una de sus escaramuzas contra los Samaníes. Los Alavíes, además de haber contribuido a la expansión del Islam entre los Deylamitas, hicieron grandes aportaciones en lo que a la cultura persa se refiere. A ellos se deben la fundación de las primeras madrasas o seminarios en Persia.