HISTORIA COMPLETA DE IRÁN



5-AQUEMÉNIDAS 550-330 A. C.

6-SELEUCIDAS

7-PARTOS O ARSÁCIDAS

 

5-AQUEMÉNIDAS 550-330 A. C.

Con la creación del Estado Aqueménida por Ciro el Grande, Persia aparece en el escenario de la historia con un papel activo y determinante. Además, es considerado este imperio como una de las civilizaciones más importantes que existieron en Asia y en el mundo antiguo.

El que fuera rey de Anzan (cerca de Susa), Ciro, jefe guerrero y popular entre la tribu de los persas, cuyo territorio era vasallo de los medos, se rebeló finalmente a este vasallaje presentándole batalla a Astiages, el último rey medo al que le arrebató la capital Ecbatana (Hamadán) en el 549 a. C. Según una inscripción babilónica, él se llevó el tesoro real de Ecbatana a Anzan dando fin al imperio medo. Su fulgurante victoria sobre los medos y la inmediata hegemonía que obtuvo sobre su territorio causó estupor entre los reyes de la región. Ciro, para evitar que la unión que se estaba formando por Lidia, Babilonia y Egipto se conjurara contra él, decidió tomar la iniciativa bélica y comenzar una ofensiva contra ellos antes de verse obligado a tomar la defensiva. Obtuvo una rápida victoria sobre Creso, que lideraba el ejército lidio y que avanzaba hacia las fronteras de Persia, y, tras su derrota, Sardes, capital de Lidia fue tomada por Ciro (546 a. C.). Esta victoria significaba la anexión de Asia Menor a los dominios aqueménidas. Sin embargo, antes de su expedición militar a Mesopotamia decidió atacar preventivamente a los escitas para que no le ocurriese lo que le ocurrió al rey medo Ciájares. Finalmente, tras luchar contra los escitas, se dirigió al Tigris, lo cruzó y conquistó Babilonia sin resistencia (538 a. C.)

Con la conquista de Babilonia se anexionó además Siria, Asiria y Palestina que estaban gobernadas por el Nabónides, rey babilonio. No obstante ello, las luchas que mantenía con las tribus que hostigaban la frontera oriental desembocaron en la muerte del soberano persa (529 a. C.) y le impidió ejecutar su ataque contra Egipto, que antes se coaligó con Lidia y Babilonia en su contra.

La labor de la conquista de Egipto quedó para su hijo Cambises, quien en el 525 anexionó al imperio Egipto y Cirenaica, en el norte de África, alcanzando así el imperio unas dimensiones desconocidas y sin precedentes en ningún otro imperio de la antigüedad. Tras su muerte en condiciones poco claras después de una expedición en Egipto, Darío, un noble que no era de sangre real, asumió las riendas del poder tras derrocar a Gaumata, un usurpador de la tribu de los magos que quiso aprovechar el vacío dejado por Cambises durante la estancia de éste en Egipto. Gaumata, al que podemos ver en la célebre inscripción de Darío en Bisotun, fue apresado junto a sus secuaces y ejecutado.

Darío I, más conocido como Darío el Grande, consolidó el imperio creando una red de carreteras y un sistema de recaudación de impuestos. También expandió aún más el imperio, pero las guerras que mantuvo en las fronteras occidentales del imperio contra los griegos (499) no tuvieron el fruto esperado. Su hijo Jerjes I, que fue entronizado en el 486, tampoco logró ninguna victoria contra los griegos.

En el 465 Jerjes y el príncipe heredero Darío mueren asesinados en un atentado, tras lo cual sube al poder Artajerjes I, durante cuyo reinado se produce la revuelta de Histaspes y desórdenes en Egipto. Los demás herederos de Darío, como Darío II (423-404), Artajerjes II Mnemón (404-358) no tuvieron ninguno de ellos la sagacidad ni la inteligencia de Darío I, sin embargo, no tuvieron ningún problema a la hora de arreglar los problemas políticos ni hegemónicos de Persia en Oriente y en el Mediterráneo. Incluso hechos cruciales como la revuelta de Egipto contra el sátrapa persa, y su consecuente separación coyuntural del imperio (415), y la retirada de los diez mil mercenarios griegos (401) tan bien descrita por Jenofonte en su Anábasis, y que demuestra hasta qué punto se había debilitado Persia, no supusieron un varapalo para los cimientos del imperio. El vasto imperio creado por Darío el Grande abarcaba desde el Mediterráneo hasta el Oxus y el valle del Indo y estaba compuesto de 20 satrapías, cada una de ellas administrada por un sátrapa o virrey, que, a pesar de tener total dominio sobre la provincia que gobernaba estaba perfectamente controlado por los “auditores” del rey de reyes, lo cual impedía una rebelión por su parte o pretensiones de independencia. La voluntad y el edicto real era lo que se obedecía y respetaba en todos los rincones del imperio.

Uno de los factores importantes a la hora de dar la victoria a los persas y posteriormente poder mantener la unidad del imperio, era el respeto de éstos hacia las religiones y creencias de los pueblos que conquistaban. En este sentido, los persas aqueménidas mostraban una tolerancia poco común en aquella época, tolerancia que iba más allá por cuanto no sólo permitían que los pueblos conquistados siguiesen adorando sus dioses sino que además ellos mismos se convertían en adoradores de esos dioses. Así, por poner un ejemplo, cuando Ciro el Grande conquistó Babilonia, no solo permitió el culto de uno de los dioses principales de los babilonios, Marduk, sino que el propio rey Ciro se proclamó adorador del mismo. Otro caso muy conocido de tolerancia persa, en este caso también de Ciro y también durante su conquista de Babilonia, es el haberle permitido a los judíos que lo desearan y que estaban allí cautivos, regresar a su tierra y reconstruir su templo. Este hecho, que ha quedado registrado en la Biblia, ha supuesto que Antiguo Testamento haya visto a Ciro no solo como un rey justo y ecuánime sino como el instrumento de Yahvé para hacer cumplir su voluntad. La declaración que se conserva de Ciro al conquistar Babilonia es considerada por los estudiosos como la primera declaración de los derechos humanos.

Los virreinatos o satrapías que componían el imperio eran las siguientes: Pérside, Elam o Susiana, Caldea, Asiria, Arabaya (que la componía Mesopotamia, Palestina, Fenicia y Siria), Egipto, los pueblos del mar (Chipre y Cilicia), Lidia y Misia, Media, Armenia, Capadocia, Partia e Hircania, Zarangia, Aria, Joresmia, Bactriana, Sogdiana, Gandaria, Sacastena, Aracosia y los Maka (en el estrecho de Hormuz). Hay que decir que el número de éstas no fue fijo ya que al final del reinado de Darío llegaron a ser 31. Es curioso observar cómo la unidad y solidez del imperio persa se mantuvo hasta finales del reinado de Artajerjes III (338) muy poco antes de la conquista de Alejandro.

Darío III (336-330) vio el final de su imperio al ser derrotado por Alejandro Magno que sitió el palacio de Persépolis y finalmente lo incendió, quizás en venganza por las guerras que los persas mantuvieron constantemente contra Grecia, o, quizás como sostienen los persas, por la envidia que sintió al ver tanto lujo y magnificencia. Lo cierto es que con la conquista de Alejandro se hunde súbitamente el imperio fundado por Ciro y consolidado por Darío I, y jamás vuelve a aparecer en la historia. De igual forma, se deja de escribir el persa cuneiforme y cuando ésta lengua reaparece en su forma parta y sasánida ya ha sufrido una evolución que la ha dejado casi irreconocible.

El Imperio Aqueménida tuvo una duración de 230 años. Tuvo un impacto positivo en la creación de una región próspera agrícola y ganadera, además de aportar seguridad a los caminos y al comercio.

 

6-SELEUCIDAS

La conquista de Alejandro Magno supuso la caída del Imperio Aqueménida y la anexión de Persia por los griegos. Sin embargo, el sueño de Alejandro se vio truncado por la temprana muerte de éste en el año 323. Después de su muerte, sus generales se disputaban los despojos del Imperio Aqueménida. Hubo entre ellos largas guerras cuyo resultado final fue la fragmentación de Persia, quedando la parte de Babilonia en manos de Seleucos Nicator, un viejo general que estuvo al servicio de Filipo, el padre de Alejandro (312). Seleucos extendió poco después sus dominios hacia Elam (el actual Juzestán y parte de Lorestán) y Media. De esta manera, creó el estado independiente de los Seleucidas y el comienzo de su reinado marca otro nuevo hito en la historia de Persia.

Varios años después, en el 301, se anexiona también Siria y gran parte de Asia Menor y Central que comprendía todas las provincias conquistadas por su antecesor Alejandro desde el mar Egeo hasta la cuenca del Oxus. Esta extraordinaria extensión, similar a la que tuviera con los Aqueménidas, unida al hecho que los Seleucidas eran mirados como extranjeros por las diferentes tribus y pueblos de la región, fueron factores importantes que no permitieron que la dinastía griega perdurase en la historia. Es por ello que tanto Seleucos como su hijo Antioco se decantaron por seguir la política de Alejandro, la de crear asentamientos griegos en todos los rincones del imperio y allí establecían colonos procedentes de Grecia y Macedonia. Con esta política comienza una helenización que perduró y se desarrolló a lo largo de la historia de Persia hasta la caída de los Partos en el 224 de nuestra era.

Seleucos y su hijo fundaron unas 60 ciudades griegas que se sumaron a las 25 que había fundado Alejandro, ciudades en cuya toponimia podemos ver las huellas de sus fundadores pues muchas de ellas fueron denominadas con derivaciones de sus propios nombres (Antioquia, Seleucia) y los de sus madres (Laodicea, Apamena). A los colonos que se establecían en aquellas ciudades se les daba una parcela de tierra para que la trabajaran y vivieran de ella, y, a cambio, se les exigía el cumplimiento del servicio militar en los diversos cuarteles que se habían erigido estratégicamente para el control de las revueltas locales. Aunque estas ciudades griegas eran regidas en teoría según las costumbres y la democracia griegas, en la práctica el soberano seleucida se comportaba de una forma absolutista y era su decisión y su voluntad la que finalmente imperaba, teniendo, pues, la asamblea, un papel más bien pasivo y sometido a la autoridad real.

En lo que a la Administración respecta, en su momento de máximo apogeo el imperio seleucida estaba compuesto de 72 virreinatos o satrapías regidas cada una de ellas por un sátrapa, pero sometidas todos ellos a la voluntad del soberano. Vemos, pues, que imitaban el modelo aqueménida que había funcionado bien durante más de dos siglos. El soberano ejercía un completo control sobre la aristocracia y los virreyes. Para llevar a cabo este control desplazaba su corte a lo largo de las diferentes satrapías. A pesar de este férreo control, después de Seleucos I hubo unos cuantos sátrapas que se rebelaron en Siria y Asia Menor, lo que supuso un duro revés para los Seleucidas. Por otra parte, los brotes antiseleucidas que surgían en Media, ya desde Seleucos I, en la que incluso en una de ellas estuvo implicado un príncipe seleucida, significó otro revés y pérdida de autoridad para los Seleucidas en la Persia propiamente dicha. Por si fuera poco, los griegos de Bactriana (actual Afganistán) se rebelaron contra el gobierno central y empezaron a exigir su independencia (250). Todos estos factores no hicieron sino ayudar a la familia arsácida que regían los destinos de las tribus nómadas partas en Hircania (actual Gorgán y Gonbad Kavus), los partos llamaban a las puertas, corría el año 247 a. C. Los Seleucidas, que estaban muy ocupados en ahogar las revueltas y rebeliones tanto exteriores como internas que se producían en la parte siria, no estuvieron dispuestos a molestarse mucho por la recuperación de esta zona oriental de sus dominios, por lo que terminaron perdiendo, en primer lugar, Bactriana (261), y, al no ofrecer resistencia a los partos, estas tribus nómadas iranias, pero no persas, procedentes de Asia Central terminaron dispersándose por toda la geografía iraní (147 a. C.) y los Seleucidas se vieron circunscritos finalmente a la provincia de Siria donde también se tuvieron que enfrentar al imperialismo de Roma ante el que sucumbieron en el año 64 a. C.

Seleucos I, también conocido como Nicator (conquistador, en griego), eligió Babilonia como su primera sede del trono. Después de conquistar Siria, trasladó allí permanente su capital. Seleucos murió en el 281 a. C. después de 32 años de reinado durante una expedición a Macedonia. Su hijo, Antioco I, que había compartido el trono con su padre durante los últimos años de vida de éste, renunció a las pretensiones que tenían su padre sobre Macedonia y Asia Menor (261). Tuvo un importante papel en la fundación de los asentamientos y ciudades griegas a los que nos referimos antes, pues no en vano fue él quien fundó la mayor parte de éstas. Su hijo y sucesor, Antiocos II, aunque pudo devolver a los dominios seleucidas algunos de los territorios perdidos por su padre, no le pudo devolver al imperio su antiguo poderío.

Su hijo y sucesor Seleucos II (246-225) hizo que el imperio se tropezara con serios problemas. Fue incapaz de apagar las revueltas de Bactriana y de repeler las tribus partas que paulatinamente estaban ocupando la meseta iraní. Su ineptitud hizo que la autoridad seleucida se viese incluso menoscabada ante los egipcios. Su hijo Seleucos III, más conocido como el Grande, reinó solo por dos años (225-223) durante los cuales proclamó su autoridad sobre partos y bactrianos durante una expedición militar contra ellos. Pero en el ataque que hizo contra Grecia, chocó contra Roma y sufrió una derrota humillante (188 a. C.). Su hijo y sucesor Seleucos IV Filopater llegó al poder en el año 187 a. C. respetó la política de su padre de tener buenas relaciones con sus vecinos de Roma y evitó enfrentamientos con Egipto y Macedonia. Murió en el 175 a manos de Heliodoro, su propio ministro y las causas de su asesinato son hasta hoy desconocidas. Su hermano y sucesor Antiocos IV Epifanes se decantó por seguir una política agresiva en Israel que acabó con la sublevación del pueblo judío, y sus intentos de hostigar las fronteras egipcias fueron frustrados por la intervención de Roma.

Organizó un ejército para contraatacar a lo que él denominaba la “rebelión parta” y no sólo no obtuvo ningún éxito sino que además perdió la vida en la empresa (163 a. C.). El reinado de su hijo Antiocos V fue de lo más breve pues un año después de subir al trono fue asesinado por Demetrio (hijo de Seleucos IV), que tomó las riendas del poder y obtuvo algunos resultados positivos en poner orden al reino y reprimió las continuas revueltas de los judíos iniciadas algunos años atrás (161 a. C.) de tal manera que provocó el terror y la desconfianza de los pueblos vecinos. Finalmente, fue asesinado por un pretendiente al trono, Alejandro Balas, que reinó entre los años 150-145 y que se consideró a sí mismo heredero y sucesor de Antiocos IV.

La llegada al poder de este rey inició de una serie de luchas y conspiraciones internas que conllevaron la ruina final de los Seleucidas. Por otro lado, el avance de los partos por el este confinaba cada vez más a los Seleucidas a las fronteras sirias. Los esfuerzos de Demetrio II por plantarle cara a los partos terminaron con su derrota y posterior apresamiento (141 a. C.), y, aunque su hermano y sucesor Antiocos VII hizo algunos logros en el reino durante su cautiverio, su derrota ante los partos en el 129 fue el golpe de gracia que le hizo perder definitivamente las provincias orientales del imperio, o lo que es lo mismo, toda Persia. Fue entonces cuando los Seleucidas vieron su estado reducido a las posesiones de Siria hasta que los romanos aparecieron y la tomaron en el 64 a. C. De los 248 años que duraron los Seleucidas, 64 años fueron dueños absolutos de Persia.

 

7-PARTOS O ARSÁCIDAS

La hegemonía de los Seleucidas no duró mucho tiempo en la Persia propiamente dicha, pues al cabo de 65 años fueron expulsados por las tribus nómadas partas que llegaban del Asia Central. La mecha de la ruina de los Seleucidas fue encendida por un miembro de su propia casa, nos referimos a Diodoto, el líder griego que rigió en el 250 a. C. las revueltas de Bactriana contra el poder central y a favor de su independencia. En la región de Partia, en Asia Central, vivían unas tribus nómadas de origen iranio (pero no persa) que tenían un antepasado epónimo al que llamaban Arsaces (Ashk, en persa), de ahí su otra denominación de Arsácidas. Tras la expulsión de los Seleucidas por los partos, éstos constituyeron un imperio que es considerado el sexto más grande de la antigüedad y su poderío era tal que nunca pudo ser conquistado por Roma.

Su fundador, Arsaces I, fundó la dinastía allá por el 250 a. C., según se cuenta, con base en elementos partos y escitas. Fue asesinado después de dos años de haber declarado su independencia. Fue sucedido por su hermano Tirídates que, para hacerse respetar, se hizo llamar Arsaces II, por lo que tras él todos se hicieron llamar así haciendo de la palabra Arsaces algo similar a “césar” en latín y convirtiéndose, pues, en un título regio que dio nombre a la dinastía. Aunque estos primeros reyes fueron los fundadores del imperio parto, su verdadera consolidación corresponde a Mitrídates I y II, sexto y noveno rey de la dinastía respectivamente.

A ellos corresponde la expulsión definitiva de los griegos Seleucidas, tras lo cual se autoproclamaron herederos de los antiguos reyes aqueménidas. Sin embargo, la recién llegada dinastía era muy diferente a los Aqueménidas en muchos aspectos. No sólo no tuvo la estabilidad y el poder que tuvieron los reyes de las inscripciones sino que además no llegó a tener la extensión de ellos lograron pues tras la pérdida de Egipto, con la conquista de Alejandro, Persia ya no volvió a tener la extensión que tenía. Las satrapías de los Partos sumaban 18, a ellas hay que sumar los territorios independientes que estaban bajo su protectorado y que, además de ser tributarios de los partos aportaban levas en caso de necesidad. Estos estados semiindependientes a veces causaban problemas ya que se pasaban al enemigo cuando lo creían conveniente. Otra de las características que diferenciaban a los Partos de los Aqueménidas era el carácter tribal de los Arsácidas. Éstos eran en realidad una confederación de tribus nómadas con un rey a la cabeza y que se unían en caso de guerra, al contrario del Aqueménidas que era un estado centralizado con un poder centralizado y un rey absoluto.

Tras la expulsión de los Seleucidas, los partos siguieron avanzando hacia occidente con el objetivo de recuperar las posesiones que tenían los Aqueménidas, y es, a raíz de esta política militar de recuperación de la gloria perdida, cuando choca contra Roma que, por otra parte, también deseaba extenderse hacia oriente y conquistar el legado de Alejandro.

Las primeras desavenencias se produjeron entre Pompeyo y Fraates III en el año 63 a. C., que no desembocaron en guerra. La primera guerra se produjo en la época de Orodes I y su causa principal fue la incursión de Craso en las fronteras de los partos. La batalla entre ambos contendientes, conocida como la batalla de Carras, se libró en Harran y acabó con el apresamiento del general romano y su posterior asesinato (53 a. C.).

Esta primera guerra de Persia contra Roma fue la primera de una serie que duraría hasta la caída de los Sasánidas en el siglo VII. De ahí en adelante, persas y romanos no dejarían de hostigarse mutuamente, de ahí en adelante serán los enemigos irreconciliables pero a la vez invencibles el uno respecto al otro. Entre el período que va de la época de Orodes I hasta Artaván V, el último rey parto, Persia y Roma mantuvieron al menos 7 guerras. Sin embargo, la poderosa Roma no pudo cumplir nunca su sueño imperialista de extender su hegemonía hasta Oriente y lo único que consiguió fue algunas tímidas conquistas, siendo la toma de la capital parta (Ctesifonte) la más importante; Persia se mantenía invicta como un reto para una Roma que podía con todos. Es curioso cómo la poderosa Roma no pudo ni siquiera con Artaván V en el 215 de nuestra era y cómo éste último a su vez no pudo hacerle la frente a la embestida interna que provocó su caída y posterior llegada al poder de los Sasánidas; los partos que pudieron hacerle frente durante siglos a un poder colosal extranjero no pudo con una revuelta interna.

470 fueron los años que los Arsácidas permanecieron en el escenario de la historia. Durante este tiempo reinaron en Persia 29 reyes y dos fueron sus capitales, Ctesifonte y Seleucia, a orillas del Tigris. Al principio los partos tenían como capital, primero a Nesa, cerca del actual Ashkabad, en Turkmenistán, y Dara, cerca de Abivard en el norte de Jorasán. Su capital a veces se trasladaba temporalmente a otras ciudades como Gorgán, a Ecbatana (Hamadán) o Hecatompilos. Debido a esta descentralización del poder y también quizás debido al rechazo que tenía el clero zoroastriano a los partos por su desidia en materia religiosa, precipitó la caída de los partos en beneficio de los Sasánidas.